MAR

Barbados, Accra Beach, mañana del domingo 18 de septiembre de 2005.
Maito, por Martín
Escribo un momento antes de salir a Accra Beach por última vez antes de volver a buscar las maletas rumbo al aeropuerto. Soy yo, la otra mitad de este blog, que menos que la otra mitad parezco sólo un diez por ciento porque hace mucho que no aporto por aquí, por flojera, por cansancio o por falta de imaginación.
Me había propuesto escribir algo antes de irnos, después de mi larga ausencia en el universo bloggeriano y podría escribir sobre muchas cosas luego de estos dos meses en Barbados, pero pienso contarles sobre lo que más me ha gustado... el mar. Y eso que yo de mares se bastante, modestia aparte, porque pasé mi infancia entre el Caribe de Paraguaná, el Báltico finlandés, el Meditarráneo de nuestras vacaciones en Gandía y el Atlántico helado de Mar del Plata. De todos guardo los mejores recuerdos porque hay pocas cosas que me gusten más que nadar en el mar, saltar una ola, bucear a pulmón o flotar haciendo "la plancha".
Pero las playas y el mar de Barbados son excepcionales, nunca había conocido un mar como este, y lo hemos hablado con Martín varias veces, la transparencia es total, aún en las playas más oceánicas, las olas se enroscan y rompen y durante todo el recorrido conservan ese azul turquesa fuerte que sólo conocía de playas aburridas y quietas como platos. La temperatura del agua es perfecta, a cualquier hora del día o la noche es siempre más agradable estar dentro del mar que fuera, porque es tibio tirando a fresco y surcado a veces en el fondo por corrientes un poco más frías que mantienen viva la circulación. Y la arena! suave, fina y firme, (como una alfombra ha dicho Martín), es delicioso caminar con el agua a la cintura pisando y pellizcando con los dedos del pie una superficie compacta y ligeramente rosada sin rocas ni algas. La arena además es finísima y no se calienta nunca, no hay que salir dando saltitos hasta conseguir un pedazo de sombra como en cualquier otra playa de las que yo he conocido.
Los momentos más felices que hemos pasado juntos Martín y yo durante estos dos meses han sido en el mar. Nos hemos reído mucho y Martín es un compañero excelente de juegos tontos marinos como sentarse en el fondo o quién aguanta más la respiración, para el cual sería capaz de desmayarse antes de dejarme ganar.
Si algo extrañaré de mi vida aquí es el privilegio de caminar dos cuadras y poder sumergirme en el mar de donde presiento (en un ataque freudiano o darwiniano o pisceano y sin duda neonachístico) que los humanos nunca debimos salir.